El poeta presenta y comenta "El Silencio"




El poeta presenta y comenta El Silencio





Max Ernst, El ojo del silencio




La obra poética que lleva por título El Silencio, y que hoy, día 20 de enero de 2013, comienzo a publicar en este espacio, fue comenzada en el mes de marzo de 2007 y concluida su primera redacción completa en la primavera de 2012. Es mi costumbre, una vez finalizada la escritura de un libro, dejarlo dormir durante un tiempo, el que sea preciso para cobrar distancia suficiente de mi propia obra y entonces, y sólo entonces, realizar una revisión definitiva. En ello me afano en estos días. Seis años, por tanto, distan del inicio al acabamiento, momento a partir del cual comienza El Silencio su andadura en los lugares públicos. Dado que, en sentido estricto, sólo una obra mía ha sido editada (El mundo cuando sueña, concluida en 2003 y publicada digitalmente en 2012), debo subrayar que por lugares públicos entiendo este blog y las diferentes redes sociales donde publico y comparto lo publicado. Públicos son, en cualquier caso, estos lugares.
Es ahora mi deseo evitar toda referencia a la problemática que representa, a mi juicio, el intento de explicar la poesía (y más aún la propia), para entrar de lleno en otro tipo de problemática que versa más bien sobre las condiciones e intenciones que circundan la obra en cuestión, cuyo primer poema he publicado también hoy mismo y de forma simultánea a este comentario introductorio. En primer lugar, un apunte autobiográfico habrá de ofrecer, espero, la justa perspectiva desde la que situarse, en caso de que en efecto exista el deseo de situarse desde perspectiva alguna.


Un apunte autobiográfico

Los seis años que distan entre la redacción del primer verso y la corrección final del último, constituyen precisamente el período que ha representado mi primera tentativa de convertirme en productor audiovisual (con la idea de promover la realización de mis propias películas). Nos hallamos ante la típica estructura de relato conocida como rise and fall, cuyos pormenores me he detenido a novelar en la obra en proceso conocida como Pequeñas Películas (muy pronto, La larga espera), y puesto que en este mismo instante me encuentro en la resaca de la fase de caída, fracaso ó exitus, resultaría quizá improcedente por reiterativo el abundar en descripciones y detalles, bien que todo ello se encuentra ficcionado en la novela con la curiosa voluntad de ofrecer mejor reflejo de la realidad. Más apropiadas se ofrecen en cambio ciertas consideraciones de carácter general, como las que se corresponden con la pregunta acerca de los motivos que encuentra un poeta para arrojarse en la vorágine de la actividad empresarial, más allá de la consabida respuesta según la cual – de algo hay que vivir.
De inmediato surge la cuestión sobre la habilidad, oportunidad e idoneidad en la elección de ese algo de lo que vivir, el trabajo remunerado. Tratándose de un poeta acostumbrado a crear al margen (¿acaso no es siempre marginal toda creación?), indiferente a los avatares del mundo editorial, formado en una amplia diversidad de profesiones precisamente con el objetivo de poder desempeñar múltiples labores en diferentes ámbitos, ¿por qué no haber seguido el camino fácil, o al menos inmediato, y hacer cualquier cosa, cualquier algo? Respuesta: porque si desarrollar un proyecto empresarial en el tablero de juego capitalista me resultaba, a priori, como lo repudiable en sí, por ello mismo se trataba de mi reto absoluto, y a él me debía dirigir. Ya se advierte que los cálculos de la utilidad material, la ventaja competitiva y la consecución de beneficio no aparecían en el espectro de mis preocupaciones, ni siquiera como problemas. Y sin embargo quise hacer de estos problemas inauténticos mis auténticos problemas. De hecho, lo extraordinario es que durante un breve lapso de tiempo pareciera que iba a conseguir conectar con la necesidad de útiles (bienes) del mercado y competir satisfactoriamente hacia la consecución de beneficio en crecimiento progresivo. Yo mismo llegué a creérmelo. Por un momento, me vi presidiendo una corporación de empresas creadas por mí, produciendo cine, publicidad, música y contenidos para Internet, rodeado de un equipo cada vez más amplio de empleados y colaboradores a los que protegía y me querían y respetaban, considerado por mis clientes, envidiado por mi competencia, admirado por la sociedad y a un paso de iniciar mi carrera política. Acabé arruinado, viviendo en la casa de mi madre, endeudado más allá de mi capacidad de respuesta, en la práctica sin proyectos, odiado por la mayoría de mis antiguos colaboradores, asediado por mis acreedores, despreciado por mis clientes, ninguneado por mi competencia e ignorado por una sociedad que jamás me toleraría como líder de ninguna clase.
Cosas que pasan. En el ocaso del sueño que sostuvo un estilo de vida rayano en la fantasía, comencé a publicar mis poemas en este blog y, poco más adelante, a planificar un nuevo proyecto profesional con la ayuda de los pocos colaboradores que aún me brindan su confianza. He aquí los pilares emocionales que hoy, junto con el apoyo de mi familia y mis amigos, me permiten seguir creyendo que tendré no una, sino muchas oportunidades más, lo cual me anima a seguir haciendo de mi crecimiento un ensayo. Lo esencial es aprender, aunque sea a palos. Siempre aprender, siempre estudiar nuevos accesos para abrirse al claro de la experiencia y del conocimiento. Si por el camino de la debacle financiera, he resultado también obsequiado con lectores de mis escritos y comprobado que aún puedo contar con compañeros de viaje para mis proyectos, esto indica, cuando menos, que aún queda tiempo. Che sarà, sarà. Ya lo veremos.


Teoría del silencio

El Silencio comenzó a escribirse con los primeros movimientos del proceso recién resumido, y concluyó de escribirse a su término (hundimiento), dejando aparte la revisión, profunda, a que hoy lo someto.  Se trata, sin ningún lugar a dudas, de la época de mi vida en que más he hablado, y más concretamente sin decir nada. Muy pronto, antes incluso de los primeros destellos de algo así como un triunfo empresarial, comprendí que en las leyes de la retórica comercial, la cantidad era inversamente proporcional al contenido. Hablaba, y hablaba, y hablaba… y cada vez decía, realmente, menos. Y siendo así que mi relación con el silencio, y en general con la soledad, se había mantenido hasta entonces en una cordial intimidad, el exceso de verborrea se presentó como la gran fuente desde la que la inesencialidad irradiaba al verbo, o lo que es lo mismo, el sendero que llevaba a la pérdida de espiritualidad a una velocidad uniformemente acelerada. Sentí que me encontraba con un reto aún más exigente que el empresarial. ¿Cómo permanecer puro ante el alud de impurezas que provocaba la sempiterna cháchara comercial a que me veía abocado? No había caso: si quería vender mis servicios, conseguir y mantener clientes, dirigir equipos y plantear nuevos proyectos, tenía que hablar.
La cita de Martin Heidegger que abre el libro debería aparecer como su epílogo, y sin embargo el instinto me dicta que prescinda de la lógica y mantenga esta posición como motto a su comienzo: “Pero ¿quién de entre nosotros, hombres de hoy, querría imaginar que sus intentos de pensar pueden encontrar su lugar siguiendo la senda del silencio?” (Carta sobre el humanismo).  Toda la obra trata de llegar a este pensamiento, y en puridad se trata del proceso poético a través del cual lo alcanzo, si es que lo alcanzo, y por tanto no sólo no está presente en cada poema, en cada verso, sino que propiamente va surgiendo a medida que reflexiono y canto sobre mi sentimiento en torno a la idea del silencio.
Así pues, aparece el silencio como cansancio, como deseo de pureza que, acaso, implica su ausencia; como agotamiento ya desde el comienzo ante un ámbito, el de los negocios, donde la palabra pierde todo su poder transfigurador y se convierte en moneda de cambio de lo intrascendente disfrazada de “importancia”. La dialéctica subsiguiente es negativa o inversa: se parte de una síntesis insustancial, de la que se reduce una tesis absurda hasta que uno mismo acaba por convertirse en la antítesis de lo que dice. Suena a chiste, pero se trata del esquema de un fracaso. Del fracaso del lenguaje y por lo tanto del hombre. Así lo sentí yo, al menos, y sintiéndome fracasado ya incluso en las vías del “éxito” empresarial, el silencio ofrecióse también como símbolo del fracaso, el fracaso de la verdad desde su comprimido sentido de certeza, definición (hecha sin intención de finiquitar el sentido) de un mundo donde la mentira se ha establecido como régimen de convención con el único, y por lo que se ve hoy, fallido, objetivo de vender más y comprar más y crecer económicamente hasta alcanzar no se sabe qué paraíso de la democracia social.
Así llega el silencio a convertirse en canto de la muerte. Y termina su ciclo negativo, puramente reactivo. Pero la reacción era aquí precisamente necesaria para posibilitar la apertura hacia un ciclo positivo del silencio.


Silencio de la teoría

¿Por qué inaugurar un libro de poesía con la frase de un pensador? No hace al caso el vano intento de asociar la propia obra a un nombre egregio para darse así ínfulas de importancia. Más acuciante es la voluntad de invitar a conocer a este pensador, de animar al acercamiento a Heidegger, quien dedicó a la poesía algunas de las palabras más hermosas que jamás se le han dedicado. En su Epílogo a ¿Qué es metafísica? escribe: “El pensador dice el ser. El poeta nombra lo sagrado. (…) Presumiblemente, el agradecer y el poetizar nacen de distinto modo del pensar inicial, pensar que ellos usan,  pero sin poder ser por sí mismos un pensar.” Pero, ¿qué es pensar? Heidegger diría que pensar es llevar el ser a la palabra, que pensar es ver en la verdad o claro del ser incluso más allá de la palabra. Juguemos a las combinaciones. Preguntemos: ¿y si el ser no se dice, sino se canta? ¿Y si es la música el recinto de lo sagrado que después se nombra? ¿Y si pensar, poetizar, agradecer, cantar, nacen de un mismo y original lugar? ¿Hay una poesía pensante? ¿Un pensamiento poético? A menudo, cuando se quiere desprestigiar un pensamiento o simplemente no se alcanza su amplitud, se lo denomina poético, en la misma medida en que se estima que Nietzsche fue más un poeta que un filósofo, demostrando así no haberse enterado de nada. Es sólo que aquí queda mucho por pensar. Quizá aprender a sentir el mismo pensamiento vibrar, ayude. Quizá cantar en la dirección de aquello para lo que aún no tenemos el nombre, puédase o no en efecto llegar a nombrar, resulte la antesala del pensar. Quizá solamente hay canto, y nada más.
Otro pensador inmenso, José Ortega y Gasset, al que tanto debemos los hispanohablantes y aún más deberemos cuando comprendamos de quién se trata, dice: “El papel del poeta estriba en que es capaz de crearse ese idioma íntimo, ese prodigioso argot hecho sólo de nombres auténticos. Y resulta que al leerlo notamos que en gran parte la intimidad del poeta, transmitida en sus poesías – sean versos o prosa – es idéntica a la nuestra” (Origen y epílogo de la filosofía). Dejemos a un lado la cuestión de los delicados armónicos que se perciben entre las filosofías de Heidegger y Ortega. Recuperemos el concepto de la autenticidad en el nombrar. ¿No es éste el sueño de todo pensador y de todo poeta? ¿No es por lo tanto, siempre, un soñar? Desde hace 300 años la filosofía viene ensayando su autosuperación, ejemplo insigne del deseo de superación del hombre, voluntad que le es constitutiva sin ser ella misma aquello que posibilita en general una constitución. La filosofía necesita superarse porque el hombre es algo que tiene que ser superado (así lo canta Zaratustra), y la historia de esta superación se revela como phantasia, se muestra en su mostrarse como imaginación. ¿Y dónde sino en la imaginación se gesta lo que no es, en su trayecto hacia lo que alguna vez será? Largo tiempo la fantasía se ha malgastado en el juego de lo imposible intrascendente, y aun así ha abierto camino. Hagamos de ella el juego de lo posible aún no realizado, en su trascendencia. Traigamos el sueño aquí con nosotros, al más acá. Demos su nombre auténtico a cada cosa, hagamos del silencio el horizonte creciente de lo innombrable por nombrar. Allí (aquí) en el silencio, nos aguarda un futuro que siempre podemos imaginar y comenzar a hacer visible a través de la fantasía. Lo fantástico es necesario. El surrealismo amó lo maravilloso, solamente lo maravilloso, todo lo maravilloso. Y en verdad, ¿tan lejos hay que marchar para encontrar lo maravilloso? ¿No está, precisamente lo maravilloso, aquí, siempre, con nosotros? ¿O acaso ya no os asombráis?
Tal vez ha llegado el momento del silencio de la teoría, antes de que se produzca la muerte de la metáfora. No sería descabellado reintegrar el pensamiento especulativo en un previo, suave contemplar (theorein). Regresar a las palabras del griego clásico y el latín y escucharlas hablar desde el tiempo, permitir que resuenen libres en nuestras propias palabras y hacer de la filosofía una poesía o de la poesía una filosofía, y del silencio nuestro método, una vivencia del hablar y del silenciar que deja atrás toda biología y toda psicología llevándolas consigo, a otro lugar. Éste es el sueño de mi libro. Ésta es, si se prefiere, mi verdad.
Y llegamos así al dulce sufrimiento que me supone revisar un libro en el que cada poema es un intento de evocar el silencio: un anhelo, primero, de descanso frente a la insustancialidad; más tarde, reconocimiento de mi incapacidad para decir lo más necesario; el silencio recorre mi espíritu hasta evocar la nada, propiciando el sentimiento de la muerte; finalmente la voz recupera su autenticidad, el poeta habla consigo, comienza a dialogar y el diálogo se va nutriendo de voces hasta la resonancia de un drama coral. En todo caso, hay una aproximación verbal a lo que no se dice y acaso no pueda ser dicho. Vicente Aleixandre ya siempre ha escrito: “El poeta es el único que realiza con su poesía esa antevisión, esa comunión con un mundo total. Por eso la poesía y el amor tienen una misma fuente. Y por eso el poeta vence a la muerte, porque en vida descorre las cortinas de nuestro supremo aniquilamiento.”
 Mi primera sensación es que, sencillamente, no estoy a la altura de mi propia ambición. Pero lo intento, y por respeto a mi tentativa, que es a menudo una tentación, ofrezco su lectura a quien pueda interesar. Juzgue el lector la inteligencia de esta introducción, su presencia o ausencia en los poemas, y decida él su valor. A mí, ahora, sólo me queda callar.










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