El poeta habla en torno a su propia poesía




EL POETA HABLA EN TORNO A SU PROPIA POESÍA


Madrid, martes 27 de mayo de 2015



Gustave Courbet, Le Désespéré



A MODO DE INTRODUCCIÓN


Pero ¿qué decir de la poesía que no haya dicho ella misma? Y lo que queda por decir, ¿no es mejor que quede así, precisamente por decir, y que en esa espera, y búsqueda, todo lo dicho yazga a los pies de un camino siempre abierto, luminoso, claro? Pero no todo es claridad, y a veces cae la noche cerrada como un manto frío, lámina de rocío, sospecha y duda que acontece como acontecen todas las cosas, de repente y sin avisar. Esta tarde, leía en un anuncio de publicidad que de lo que se trata es hacer de todo lo cotidiano algo extraordinario, y me quedé pensando: “Pobre de mí, que solamente veo algo extraordinario en el hecho de que haya algo así como lo cotidiano”. Y entonces he reparado en que tal vez mi búsqueda de una poesía filosófica, o de una filosofía poética, represente simplemente un imposible cuya sola intención por lo demás hay pocos, muy pocos capaces de entender, y aun los que lo hagan quizá ni siquiera la compartan. ¿Para quién escribo yo, pues? ¿Para mí? Por supuesto, pero justo por supuesto resulta que no es así, o no solamente, o más bien escribo para mí porque creo que ésa es la manera de escribir para los demás, la manera más honesta al menos; lo que ocurre es que yo me soy a mí mismo bastante cercano y concreto (pero ni de lejos tan cercano ni tan concreto como me gustaría), y los demás se presentan como un ente abstracto donde los haya, lejano, distante y a veces incluso hostil, de modo que más preciso sería decir que escribo poesía para aquéllos que leen poesía, y según lo digo me doy cuenta de que ni tan siquiera: escribo para aquéllos que ven en la poesía algo importante, esencial y al mismo tiempo problemático, y desde luego no una huida romántica al menos ideal de los ideales, ese preciosismo simpático y bonachón que utiliza las palabras para decir bonitamente cosas bonitas, y luego encima reclama para sí el aplauso, el concierto, el premio, el laurel.

    Mas no siempre representó para mí la poesía un complicado esfuerzo por acceder al núcleo de la problemática humana, y aún más, total, bien que, como es lógico, cuando me acerco a mis antiguas composiciones no hago sino encontrar ese mismo espíritu por todos lados, un anhelo por decir lo que precisa ser dicho, unido a la frustración debida a no conseguirlo, seguido de una loa del silencio como fundamento último de todo lo que debería ser dicho pero, sencillamente, no se puede decir. Y es claro, pues, que al moverme en este ámbito, caigo a menudo en contradicciones irresolubles, ansiedades, titubeos, que trasladándose al lenguaje rompen la musicalidad del texto, y es precisamente por mi familiaridad con esta ruptura por lo que desde muy joven prescindí de la rima y de la métrica, convencido de que allí donde el lenguaje se alza (o regresa) a la poesía, la musicalidad se da porque la poesía es también música. Así, hubo un tiempo en que, tal vez harto de escuchar que la poesía era demasiado difícil (de la filosofía mejor ni hablar, que se lo digan al Hegel de la Fenomenología, que se quejaba de lo mismo hace más de doscientos años), opté por concebir mi propia creación en libertad como una suerte de melodía a cuyo paso habría de fluir el sentido por sí solo hasta llegar a una comprensión íntima del lector de la emoción surgida al leer. Pero incluso esto era demasiado. Así que me dediqué a insistir en que mis poemas debían ser leídos en voz alta (todo gran poema debe leerse así, hay que devolverlo al éter del que procede, y escuchar…), sin tener en realidad la menor seguridad de que mi poesía fuera grande, porque sabía del dolor, de la audacia, de la ausencia que brotan en mi lenguaje cuando escribo poesía, escribir que más bien es un cantar, y caer en el error de introducir subrepticiamente «la grandeza» en mi idea de mi propia poesía sería un atentado contra «la pequeñez» de mi situación y de mi presencia. Y sin embargo, una y otra vez afloraban cantos al todo, a la totalidad, al mundo, a lo que es, y quizá por eso me sentí desde muy pronto tan cercano a Nietzsche, después a Heidegger, y finalmente a Hegel. A los tres los sigo estudiando con la paciencia del que ha identificado de una vez por todas su vida con estudiar, y asume que se trata de una tarea que nunca acaba, pues es inacabable. Acaso, en el fondo, escribo para quienes comparten esta tarea, sean quienes sean.

    Ahora: es curioso que hable tanto de filósofos, y tan poco de poetas. Como escribí en el Proyecto, hablar de poesía, seriamente y con alteza, me resulta uno de los trabajos más difíciles que existen, y por eso aprecio tanto a los grandes críticos, como Jorge Guillén o Dámaso Alonso, a la sazón admirables poetas —quizá más admirable el segundo que el primero—, capaces de comentar la poesía con el cuidado, respeto y delicadez que ello implica, y además aportando contenido y permitiendo accesos inesperados al poema. Remito, sin más dilación, al epílogo de Jorge Guillén a los Sonetos del amor oscuro, de Federico García Lorca.[1] Tal vez proceda narrar, más que explicar (explicar no tendría el más mínimo sentido), brevemente mi relación con los poetas y con la poesía, una vez más no para asociarme descaradamente a grandes textos ni a grandes nombres, sino reconociendo que hablar de mi poesía es hablar de la poesía y de los poetas que he leído y por cuya voz he llegado yo a descubrir la mía.


I


    El primer recuerdo que guardo de un poeta es el recuerdo de mi propio padre. Músico autodidacta y cantante, o «cantautor», como se decía en aquella época (¡Dios mío, ya hablo de otras épocas…!), las letras de sus canciones, sus propios poemas y las lecturas de sus poetas predilectos, o más bien el escuchar la mención de aquellos poetas y el recitado de fragmentos de sus poemas, permanecen aún latiendo intactos en mi más temprana memoria. Gustavo Adolfo Bécquer, Antonio Machado, Jorge Manrique, Calderón de la Barca, Miguel Hernández, José Zorrilla… sus nombres, asociados a sus obras, me siguen resultando sencillamente vigorizantes, y orgulloso aún los pronuncio henchido de cordial reverencia: las Rimas, las Soledades. Galerías. Otros poemas, las Coplas a la muerte de su padre, La vida es sueño, El rayo que no cesa, A la memoria desgraciada del literato D. Mariano José de Larra

    Hoy la tierra y los cielos me sonríen…

            La tarde se ha dormido
            y las campanas sueñan.

                    Ved de quand poco valor
                    son las cosas tras que andamos…
                          
                        ¡Ay mísero de mí, y ay infelice!
                                
                               ¿No cesará este rayo que me habita…?
                      
                                        Ese vago clamor que rasga el viento.

    Versos, palabras, música que resuena en mi interior, siempre, como suena el viento ahí afuera: a veces callado, a veces huracanado, a veces brisa. Y comoquiera que en la anterior versión de esta página, expresé mi ambición de relacionar los libros aquí compartidos con mi propia biografía, naturalmente sin conseguirlo y dejando el texto a todas luces incompleto (“vuelva usted mañana”, me dije yo a mí mismo durante dos años, y no regresé nunca), retorno ahora sobre el tema sin entrar en las singularidades de mi particularidad, sobre todo porque tengo intención de comenzar a publicar una serie de Artículos donde trataré de recuperar mi ya no tan firme creencia en la literatura autobiográfica. ¿Qué literatura no lo es? Y el colmo, caer en la cuenta de que este calificativo que yo he considerado hasta hace muy poco (hasta hace unos instantes, de hecho) como el non plus ultra de la vocación literaria, quizá no fuera tan aspirable como yo pensaba, y que cuando Nietzsche creía reconocer en lo más íntimo de una teoría filosófica poco más que una confesión autobiográfica del filósofo, y además encubierta, inconsciente, no pretendida, más que tratarse de una broma, el eremita de Sils-Maria estaba lanzando una dolorosísima pulla contra el corazón de las mismas aspiraciones metafísicas, en definitiva consideradas fallidas… todo lo cual me ha impelido a sospechar de mis propias ambiciones de integrar poesía, filosofía y experiencia biográfica en un texto que, por lo demás, no he conseguido nunca, bien que a pesar de ello, y por tanto gracias a ello, he dado término a casi veinte libros cuyo destino, por el momento, se reduce a este breve espacio. Pero antes de introducirlos, quería hablar un poco de la poesía de otros poetas. Como, sin ir más lejos, la obra de Vicente Aleixandre.



II


    A los diecisiete años, el profesor de Literatura Española Contemporánea nos entregó unas fotocopias con poemas selectos de la Generación del 27. En ella descubrí el poema de Vicente Aleixandre titulado “Unidad en ella”, y desde entonces mi pasión por la poesía de Aleixandre no ha cesado de crecer. He encontrado un enlace donde se puede leer el poema, y a continuación una exégesis del mismo que me admira tanto por el enfoque, que jamás se me ocurriría, como por el resultado: la aniquilación del poema por disección gramática.


    Tal vez llevo demasiado tiempo leyendo a Heidegger. Pero antes de llegar a él, diré que la inmensa expectación por lo que yo estimaba como nuevos e insondados derroteros de la poesía que me había provocado el poema de Aleixandre, y a la postre el libro al completo de La destrucción o el amor, me condujo a las vanguardias de comienzos del siglo XX con el entusiasmo y la incondicionalidad tan propios de la juventud que, sin embargo, no logro superar: ¿superar… hacia dónde, hacia el entusiasmo condicional? Más bien la madurez, si es que yo tengo derecho a hablar de algo tal, me ha hecho ver que el entusiasmo (arrebato divino) no es ni lo uno ni lo otro, sino más bien auténtico o inauténtico, implosión de una explosión sincera, o pura estafa y no más. Mas el caso es que de la vanguardias, tan estupendamente divertidas como inquietantes, y tal vez un poco afectadas, me quedó siempre el resto surrealista no de Breton y compañía, sino de los poetas españoles superrealizantes del 27 que por lo demás nunca llegaron a reconocerse puramente surrealistas, lo cual me parece muy normal. Hay que haber practicado la escritura automática con asiduidad, como si de una compulsión psicoanalítica se tratara, para comprender en toda su extensión este problema, en el que no pretendo entrar. Me sorprendo pretendiendo desarrollar una lista comentada de poetas, estilos, tendencias, y comparaciones autóctonas como referencia, y por fortuna me detengo y paso a lo que toca, como tocan las campanas, en este texto del que al menos por unos instantes cabría esperar que el poeta hablase de su propia poesía. Pero creo yo eso es lo que he estado haciendo, igual.



III


    Historia de la lejanía es el título del primer libro que comencé a publicar en este blog, y que de hecho se encuentra ya por completo en él inscrito. Basta con introducir las palabras que lo componen en el buscador interno para acceder a la lista de todos los poemas que lo forman, convenientemente numerados en el orden que les corresponde, y cuya primera pieza, a la sazón la primera entrada del blog, se encuentra en este enlace:


    Y de ahí, uno a uno, hasta el final. Se trata del séptimo de mis libros de poesía. Comencé por él porque era mi obra poética más reciente, una razón tan conveniente como cualquiera. En la anterior versión de este texto decía yo que no era ninguna casualidad el haber comenzado justamente por este libro, convencido de que se atendía en él al maravilloso espectáculo del surgimiento de mi voz propia, por vez primera auténtica, queriendo tal vez decir con ello «única», de lo que cual no estoy más seguro que de aquella vieja aseveración según la cual no hay dos personas idénticas, ni dos granos de arena exactamente iguales sobre la faz de la tierra. Dejando aparte la comparación de la persona con un grano de arena, Historia de la lejanía fue concluido cuando tenía 30 años, y en realidad superficialmente revisado a medida que fui publicando cada poema. Y esto lo hice mientras a su vez iba componiendo mi siguiente obra, El Silencio, la cual comencé a compartir a continuación, esta vez revisándola en profundidad, pues no me sentía en absoluto satisfecho del resultado, hasta hace apenas unos días, en que la di por concluida. El Silencio sería mi octava composición poética, seguida de Exitus, cuya redacción concluí hace menos de un año pero que, sin embargo, me encuentro revisando en estos momentos, en estos días, quién sabe hasta cuándo. En todo este tiempo, no he publicado editorialmente ninguno de mis libros, excepto el inmediatamente anterior a la Historia de la lejanía, titulado El mundo cuando sueña, y en una editorial online que llegó a mí gracias a este blog y del que, hasta donde llegan mis retribuciones respectivas, se vendió un solo ejemplar, por lo demás virtual, lo que no sé si me da qué pensar o mejor prefiero no pensar nada. La susodicha editorial cerró hace tiempo. Yo, por mi parte, ya he comenzado la redacción de la que será, Dios mediante, mi décima obra poética, y que llevará por título La ciencia del horizonte. No tengo mucho más que añadir al respecto.



IV


    Cada uno de mis libros representa, de por sí, un intento de corresponder a la tradición de la poesía que he conocido y que ha llegado hasta mí, la cual supongo y presupongo muy superior en extensión y en influencia a cualquier repaso o enumeración que fuera capaz de hacer a voz de pronto. Hablar de mi propia poesía conlleva, si es que pretendo hacerlo de un modo mínimamente completo, ocuparme tanto de mis lecturas como de la progresión (más bien temporal, pues quizá sería más correcto hablar de evoluciones e involuciones con grandes saltos y graves caídas) de mi escritura, pero no encuentro forma de hacer esto sin caer en resúmenes esquemáticos que de tanto decir no dicen nada, o bien desarrollos tan prolijos en extensión que habrían de resultar ciertamente inabarcables, y acaso irrelevantes. Por no hablar de las inseguridades, de los miedos, de los numerosos proyectos comenzados y más tarde abandonados, de las incoherencias, de la desesperación que me ha acompañado a lo largo de mi vida. Y a menudo es justo todo ello lo que necesito compartir, no tanto para conjurarlo, ni para realizar ejercicios catárticos de los que siempre he desconfiado, sino por la sola necesidad de hacerlo, y hacerlo buscando un rigor en la expresión que justifique el esfuerzo por su cercanía con al asunto fundamental que ata la existencia de todo ser humano, si es que se puede hablar de algo así como de un solo asunto fundamental, y si en efecto los seres humanos tenemos algo en común, como por ejemplo ser seres y humanos. Pero estas cuestiones las traslado al final del prólogo a los Artículos que inmediatamente pasaré a publicar y cuya primera entrada puede encontrarse aquí:



    Por algo este blog se subtitula con las palabras “Poesía, miscelánea”, por esto y porque también he compartido en él estancias procedentes de un libro indefinible que titulé Transitaria, concluido hace diez años como primera parte de una trilogía llamada La corriente del Golfo, un ensayo de ensayos y taller privado de escritura que comienza con este exabrupto:



    Creo que los textos hablan por sí mismos: mis obras poéticas se componen de piezas propuestas en orden cronológico, es decir, que de alguna manera suponen una especie de diario vital que se retrae al primer libro que di por bueno, a los dieciocho años, después de haber escrito numerosos poemas de adolescencia que más tarde destruí. Ahora los echo en falta, me gustaría poder volver a leerlos, buscando ese espíritu que quiero pensar me ha acompañado siempre, y que precisamente por ello es muy probable que encuentre aunque no esté ahí, así que quizá estén mejor destruidos. Tras aquel primer libro compuse otros dos, y una selección de poemas escogidos entre los tres que titulé Erario de Luces Muertas (2000), cuyo final pasó después a convertirse en el principio de Poemas Prosas (2001), el cual, seguido de El mundo cuando sueña (2003), también aspiro a compartir en este blog, comenzando por esa primera antología de mi más joven juventud. Luego vinieron Historia de la lejanía (2006), y finalmente El silencio (2012 en su primera versión y completado con dos poemas últimos escritos en 2015). Exitus fue redactado en 2014, pero aún me dedico a revisarlo, mientras trabajo, como puedo, en la ya citada Ciencia del horizonte. El primer poema de El Silencio, también íntegramente publicado en el blog, se encuentra en el siguiente enlace:


    Ahora voy a proceder a completar y revisar los textos introductorios y demás contenidos añadidos al blog, y ya: esto es todo, de momento.






[1] Federico GARCÍA LORCA, Sonetos del amor oscuro. Poemas de amor y de erotismo. Inéditos de madurez, Ediciones Áltera, 1995, Barcelona, edición de Javier Ruiz-Portella, ilustraciones de Josep María Subirachs, epílogo de Jorge Guillén.




2 comentarios:

calamanda dijo...

Oh!, es magnífico lo que he leído y todo lo que he visto en diferentes enlaces, es un placer para mí, muchas gracias.

Maravilloso autorretrato de Courbet, es uno de mis preferidos, en ocasiones pienso que es el que más me gusta y he visto muchos, también me sentí identificada con él y por esa razón es el nombre del blog.

Courbet, entre otras, también dijo:
"Grita fuerte y camina erguido"

Un cordial abrazo.-

David Martínez Romero dijo...

Gracias por tu comentario, Calamanda, y enhorabuena por tu blog.

Un saludo,

David

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