jueves, 22 de mayo de 2014

El Silencio, 38. Interludio.



EL SILENCIO



Wassily Kandinsky, Negro y violeta.





INTERLUDIO



38


    El silencio, sin duda, tiene su encanto, también como entidad poética.
Pero filosóficamente hablando el silencio es problemático,
no sólo en la medida en que es símbolo de la muerte,
sino, sobre todo, en cuanto que la palabra, el uso apropiado de la palabra,
es constitutivo del más alto grado de humanidad:
y por lo tanto, el silencio puede resultar inhumano.

    Enmudecer, sea cual sea la causa,
abre un acontecimiento pleno de melancolía.
Callar
cuando se puede hablar,
es quizá cansancio, y tal vez violencia.
Pero callar cuando se tiene la pura, auténtica intuición
de lo que precisa ser dicho
acaso constituya el crimen primigenio contra la humanidad.
Quién sabe: acaso todo crimen ha sido gestado en el silencio,
incluso cuando después del horror
haya desembocado en gritos
— si de uno, de muchos o de enardecidas multitudes…
esto es aquí lo mismo.
Quizá cuando se pierde la palabra
(o cuando se multiplican las palabras vacías,
los discursos vacíos,
cualquier forma de palabrería,
viciosa, cruel y chabacana),
quizá es entonces cuando surge la nada en su apoteosis tenebrosa
y el animal hombre se asusta, se encoge y se enfada.
Quizá cuando llega el silencio, como el invierno llega,
es cuando el hombre se olvida de que es hombre
y sólo mata. Quizá el crimen,
la voluntad de destrucción,
la maldad…
no sean sino anhelos del hombre clamando
por recuperar su humanidad perdida.
En todo caso son gritos,
desgarrados gritos en la oscuridad
que únicamente podrán ser consolados por las palabras,
las suaves, las dulces, las ligeras palabras
cuando son palabras de verdad y traen consigo el milagro de la significación
y la purificación del sentido.

    Misterioso es el lenguaje, como extraño soy yo mismo.
Yo, que cuando callo,
me engaño, me niego y me olvido
de la verdad que es mía y, aunque tal vez impracticable para otro,
tiene palabra y llega a la palabra e invita a la palabra
que sí tiene el poder de hacer, de esa mi verdad,
un camino practicable para otro
—si para uno, para muchos o para enardecidas multitudes…
eso es aquí indistinto.
Pero no es la verdad cosa de muchos.
Ni aun su íntima esencialidad puede ser captada
siquiera por unos pocos.
Pulchrum est paucorum hominum.
La limpieza es también una vía que conduce a la soledad.
En la vida son muchas las vías que conducen a la soledad:
está, por ejemplo, el silencio,
pero también la mentira,
o el miedo,
o la ausencia de filosofía.
Lo típico de la muchedumbre, de la masa
es precisamente la irritante soledad que levanta en torno al individuo,
y a la postre, «individuo», no es más que otra palabra,
pues el concepto de individuo, en cuanto que sujeto, singular, autónomo,
representa una realidad más bien escasa,
no efectiva,
no real.
Corren malos tiempos para la inteligencia.
El arte, el pensamiento, la voluntad, la poesía,
digamos la cultura,
hállanse en más grave peligro de descomposición,
no porque estén muy lejos, sino porque están cada vez más cerca.
Demasiado cerca.
Y los grandes problemas que ellos representan
exigen ser de nuevo formulados,
de ahí su aparente agotamiento,
de ahí la ausencia de valores que llega en forma de epidemia.
Es preciso replantear las grandes cuestiones.
Es preciso recuperar el sentido de la palabra.
Hay que retomar el diálogo del Espíritu.
Hay que superar el silencio enfrentándose a la nada.




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