domingo, 1 de septiembre de 2013

Transitaria. Parte I.



TRANSITARIA




Max Ernst, La mujer equívoca





PARTE I

EL MITO DE LA GRAN COLOMBIA





Por el camino de Pan



Dicen los hados blancos que la clave del éxito de un libro radica en su frase inicial, y pues yo tengo fundadas dudas de que la clave del éxito de un libro radique en una sola de sus frases, comienzo este mi nuevo experimento vivencial aseverando que, al menos, este libro no aspira a nada más que a sí mismo, desde luego no al éxito, si acaso a la mortificación de su autor envuelto en divagaciones de oscura procedencia e inestable transitar por este mundo de hombres, por esta tierra de animales, por este universo de conceptos y palabras a través del cual, ¿quién sabe?, tal vez únicamente se fragüe una venganza, o un malestar, o un bienestar a medias, o un amor de panadero que intempestivo se levanta para preparar sus alimentos. A veces sé que comenzar un libro por miedo o incapacidad para proseguir con otro ya en proceso pudiera parecer un mal comienzo, pero como en cualquier caso ésa es la verdad, bien está reconocerlo y pasar a otra cosa. Sí, pero ¿a cuál? No hay mayor placer para un enemigo del lenguaje que meditar sobre la naturaleza del texto, y navegar siempre por lo que es intrínseco a la palabra, el sonido, tal vez la música, alguna tarde incluso la lluvia, y entregarse por completo al dominio inconsecuente de la confidencialidad entre uno mismo, el insospechado lector y sus correspondientes destinos. Pero escribir no es hablar, y lo que yo amo es la palabra dicha, hablada, el rumor de labios y viento provocado, el frotar de lenguas que besan su propio paladar, el piano de dientes blancos como los hados blancos que juegan a interponerse, a ceder, a dejar pasar, dejar hacer. Y la cultura. Nada más, y nada menos. El don de recitar. La pasión por la historia que es una extraña literatura que aspira a ser verdad, y como en cualquier caso ésa es la verdad, quizá sea llegado el momento de reconocer que nuestro concepto mismo de la historia se sostiene sobre otra mentira más. Mi historia, por ejemplo. Mi biografía. Durante diez años vengo tratando de escribirla y, al final, descubro que resulta mucho más interesante vivirla. Lo que yo quiero es vivir, y porque me siento vivo cuando escribo, escribo. Escribo y busco las palabras con que potenciar esa vida que escribo pero que, sobre todo, vivo, y es aquí cuando me permito preguntarte a ti, mi preciado lector, si tú has vivido, si tú te has preguntado siquiera lo que significa vivir, y te animo a dejar este libro a un lado y preguntarte si de veras tú has vivido, si eres quien querías ser, si has hecho todo cuanto siempre has soñado y has caminado todos los caminos que sólo son caminos cuando se hacen al andar. No te enojes conmigo, a veces sé que mis preguntas son incómodas, pero en mi excusatio non petitaquod erat demostrandum— me permito alegar, aquí y ahora, que mis preguntas no nacieron con vocación de cómodas, que no son sillas, sino resortes, catapultas, lanzaderas espaciales destinadas a seguir el camino de Pan, no el del pan, sino el de la flauta. Pues cuando suena la flauta, aunque sea por casualidad, algo hay que celebrar. Celebremos tú y yo, amigo mío, que estamos vivos, y de paso celebremos la vida que ya ha habido y la que habrá. ¿Por siempre? ¿Y qué más da? Amigo mío, habrás de reconocer que tus preguntas tampoco son hamacas tendidas al sol de Cuba. ¿Qué esperabas? ¿Qué fuera a sacarme de la manga una magdalena a propósito de la cual aprovechar para contarte mi vida entera? Discúlpame, pero esto no es una novela, ni una autobiografía. De momento, y aunque no lo parezca, es un poema, y como en cualquier caso ésa es la verdad, mejor está decirlo ya. Porque insisto, yo digo las cosas, no las escribo, aunque me vea obligado a escribirlas para llegar a ti, de modo que haz tuyo el don mío de recitar y lee en voz alta, no te altere el hecho de estar en público - ¿lo estás?, ¿alguna vez lo has dejado de estar? –, y recita, recita, rema rema que nos vamos a la deriva.  Un momento. Una pausa. ¿Rema rema que nos vamos a la deriva? ¡Y nunca mejor dicho! Que estamos en el mismo barco, argonauta mío, y o tiramos los dos, o no creo que lleguemos muy lejos. Pero si estás aquí, quizá lleguemos al final. Y ojalá no creas que el bendito final se encuentra en la última palabra que la musa me invite a escribir acá. Hay otro final. Y resulta que también es un principio. Y no, no estoy delirando. Estoy escribiendo como si estuviera hablando. ¿Y quién, por todos lo diablos del mundo, está completamente seguro de lo que dice cuando habla? Yo tampoco. Por eso hablaba hace un rato de mi nuevo experimento vivencial, y como ésa es la verdad, bueno, pues nada, quizá sea llegado el momento de reconocer que se trata de una mentira más. Pero, ¿a ti te gusta leer? ¿Eres uno de esos que lee de todo? ¿O eres selecto? ¿Sólo con los libros? ¿O también con las personas? Bueno, basta.
          Tiene que haber una razón, algo, alguna explicación, para que tú y yo estemos aquí. Pero lo curioso es que, como bien sabrás, si es cierto que has vivido, a menudo no sólo no hay ninguna explicación para que tú y yo, y esta cueva, estemos aquí, sino que se debe a la más absoluta e ignominiosa casualidad. O ingeniosa. El ingenio lo es todo es situaciones como ésta. En un caso más general, el escritor hubiera sencillamente tachado, borrado, eliminado, cortado lo escrito… y habría continuado por otro lado. Pero eso, precisamente eso, es lo que tú y yo, argonauta mío,  no podemos permitirnos, porque ¿cuando uno habla puede permitirse el lujo de eliminar lo que ya ha dicho? A veces, a veces, mi queridísimo politikus, pero no ahora. Voy a ponerte un ejemplo. Yo escribí un libro, puedo jurarlo, que en su primer capítulo, y sin venir aparentemente a cuento, destruía la composición tradicional del lenguaje y se dedicaba a construir enigmas de sentido. ¿Quieres saber lo que me dijo un buen amigo mío después de leerlo? Que aquello no tenía sentido. Ni una palabra sobre el resto del libro. ¿Conclusión? Que ni tú, ni yo, ni esta cueva, estamos aquí sino a causa de la más absoluta e ingeniosa casualidad.







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